miércoles, 4 de agosto de 2010

Deja de esperar

"Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos."
-Confucio, filósofo chino-

A lo largo de nuestras vidas, atravesamos situaciones que no tienen una importancia notable y que no ofrecen resultados radicales y primordiales. Esto no quiere decir que no debamos entregar todo nuestro esfuerzo, y mucho menos que no la vivamos a plenitud. Pero, así mismo, existen vivencias en las cuales debemos dar el 110% de nuestro desempeño.

Muchas veces, pasamos por momentos de nuestras vidas en los que debemos prestar mucha atención a los pequeños detalles. Es aquí donde nuestra capacidad se ve probada por la situación, y es donde debemos dar todo lo que tenemos para ejecutarla. Nunca hay que despreciar los pequeños detalles que se nos presentan o que, simplemente, están, pero no los vemos.

En innumerables ocasiones, nuestro esfuerzo personal es el único menester que solicita un triunfo, una gloria, una satisfacción. Fue el esfuerzo emocional, el que permitió que Octavio, allá en la civilización romana, denigrara a la bella Cleopatra, no cediera a sus encantos y lograra adjudicarse las extensas tierras egipcias. Sus ganas de vendetta fueron evidentes, pero si no se hubiera esforzado en la contienda interna de sus deseos, no hubiera vencido. Es así, que él no necesitó de un esfuerzo ajeno, ni siquiera se vio obligado a exigirles a sus soldados que luchen para conquistar estos territorios, pues con su frialdad ya, prácticamente, los había conquistado.

El ser humano necesita dos herramientas para lograr algo con un contundente éxito: las ganas y el esfuerzo. Seguiremos hablando del esfuerzo, pues entendemos que la acepción de las ganas recae, simplemente, en el deseo impetuoso de obtener algo. Una vez comprendido eso, podemos entender que el esfuerzo (la otra mitad del camino) es, básicamente, el trabajo físico y mental que emplea el individuo.

Pero la última frase no termina allí, pues cabe mencionar que el trabajo es realizado de una manera ardua y empeñosa, es la única manera para hacer que las ganas se reproduzcan y procreen, junto con el esfuerzo, un magnánimo triunfo. Pues ¿quién no se alegra con un triunfo? y ¿quién se disgusta cuando está alegre? Nadie; es así, que el individuo se guarda algunas malas caras para otras ocasiones.

En fin, dejo planteada la fórmula de la gloria personal... GANAS + ESFUERZO = ÉXITO. Ésta debería ser considerada un principio básico de la existencia humana, pues es una fórmula que , tarde o temprano, se convertirá en una ecuación, en una mera igualdad universal. Cada uno de ustedes tiene la última palabra. Entonces, ¿te quieres ahorrar disgustos?

Los estima,
C. Antonio Romero